ROCÍO. Andalucía en cuerpo y alma

Trabajo que analiza e investiga un fenómeno cultural que ha superado límites insospechados. Cada año convergen en la Aldea más de cien hermandades provenientes de muchos puntos de Andalucía y del resto de España, incluso hay una hermandad de Bruselas.

El momento más esperado es la madrugada del lunes de Pentecostés, cuando se producen los instantes más emotivos de la peregrinación. La Hermandad Matriz de Almonte, la anfitriona, convoca al rezo del rosario el domingo a las doce de la noche. Los almonteños, sólo los almonteños, se agolpan durante horas sujetos a la reja del santuario con los ojos clavados en la Virgen. Son conscientes de que no podrán saltar la verja hasta que el rosario haya terminado y el simpecado de Almonte entre en el templo. Cuando por fin el estandarte cruza el arco de la entrada a la ermita, una turba de almonteños salta la verja para llevar a cabo “el secuestro de la Virgen”. Toman las andas del trono y entre vítores, aplausos, sudores, apretones y llantos se echan a hombros a la Blanca Paloma, que inicia la procesión en medio de un ambiente electrizante; se agita, se inclina peligrosamente y vuelve a enderezarse de manera inverosímil en una continua zozobra. La imagen es conducida por un recorrido tradicional, de forma que visita, una a una, todas las hermandades rocieras. Así, las que tienen sus casas dentro del itinerario de la procesión la reciben en su propia puerta, mientras que el resto se ubica en los espacios libres para ser visitadas. Todas las hermandades esperan a la Virgen del Rocío con su simpecado y el cura que les ha acompañado durante toda la romería. Éste, cuando la virgen se postra frente a él, a hombros de los romeros, en un ataque histérico de fe y pasión le vocifera los agradecimientos y deseos de la hermandad, para finalmente acabar con vítores que repiten con fervor todos los hermanos.

La romería más multitudinaria de cuantas se celebran en Andalucía termina a mediodía, cuando la imagen entre nuevamente en el santuario, tras haber generado intensas emociones entre los romeros durante la madrugada, el amanecer y la mañana del lunes de Pentecostés.

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