SEMANA SANTA. Un rito ancestral

el autor realiza un ensayo fotográfico sobre el valor ritual, y cultural, desde una perspectiva antropológica, de la Semana Santa. Que tras la reconquista se inició como una herramienta de divulgación para adoctrinar a un pueblo analfabeto sobre la liturgia cristiana, y acabó calando tan hondo y de forma tan indeleble en el sentir del pueblo, que ha terminado trasformándose en patrimonio inmaterial de aquellos lugares, pueblos y ciudades donde se representa. Es la expresión de una tradición arraigada en la memoria colectiva, son los símbolos que identifican a una comunidad. Así y pese a las prohibiciones seculares de la iglesia, a partir del siglo XIX las hermandades resucitaron recuperando el barroquismo que caracterizó su época de máximo esplendor. Nuevamente el pueblo se hizo con la fiesta, y los cortejos volvieron a salir dispuestos a tomar las calles con más fuerza que nunca; las hermandades y cofradías alargaron los trazados del recorrido de las procesiones alcanzando barrios alejados del centro, y el tiempo de duración se dilató, hoy en casi todas las poblaciones hay alguna procesión que tiene lugar hasta altas horas de la madrugada.

El pueblo se disfraza: soldados romanos, penitentes, nazarenos y cofrades, en algunos casos bajo máscaras, como en Puente Genil que esconden la alegría que les proporciona el vino consumido instantes antes de iniciar la procesión. Descalzos y encapuchados los penitentes pasean el dolor de Cristo. Que hay bajo estos capirotes, bajo esas largas túnicas liviana como el viento , sino el deseo interior de confundirse con los demás, de dejar de ser por un tiempo, de estar vivo en silencio y en el anonimato. Y por supuesto, como en todas las culturas, la búsqueda de un poder sobrenatural, en el que apoyarse para afrontar una vida que suele estar llena de obstáculos que conducen hacia un final que ineludiblemente llegará.

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